Críticas

Goodbye Christopher Robin – Crítica

Goodbye Christopher Robin

La temporada de premios está sobre nosotros. Lo anuncian las biopics sobrias, pesadas en diálogo, sobre figuras históricas de los últimos tantos siglos. Esas en que abundan reflexiones sobre el individuo, la guerra, los problemas interpersonales y demás temas maduros. Esas en que predominan actuaciones teatrales capturadas con tan peculiar fotografía difícil de describir pero inmediatamente reconocible. Todos índices que apuntan a el mismo discurso: esta película quiere llevarse una estatuilla.

Goodbye Christopher RobinHasta Luego Christopher Robin, como se conoce en español– a secas se diferencia del montón. Sin embargo, y a pesar de caer en algunos fallos imperdonables, entrega a través de una emocional fábula que ambula con eficacia y dominio por el camino que miles de películas han pasado antes.

Dirigida por Simon Curtis, la película protagoniza a Domhnall Gleeson como A. A. Milne, autor famoso por ensayos cómicos y obras de teatro satíricas. Milne es llamado a luchar en la Gran Guerra y regresa a casa un hombre cambiado: perseguido por los fantasmas de las trincheras, Blue (como lo conocen sus amigos y familiares) se dispone a dirigir sus esfuerzos artísticos hacia la promoción de la paz. Si todos los pueblos del mundo se pusieron de acuerdo en dejar atrás la esclavitud, se pregunta Milne, ¿por qué no usar la literatura para convencerlos de que el conflicto armado se vuelva algo del ayer? Pobre Milne: esperanzado, desconcertado y completamente cortado de la realidad.

Su esposa Daphne (Margot Robbie), buscando recuperar al hombre que la guerra se llevó, le entrega un hijo. Ella no deseas tenerlo, pero está convencido que le alzará los ánimos a su esposo. El esfuerzo resulta fútil y el pobre Christopher Robin, apodado Billy Moon y hecho a un lado por padres que nunca lo quisieron, encuentra consuelo en su nana, Nou (Kelly Macdonald).

La trama da unos cuantos giros algo predecibles: Blue y Billy Moon terminan solos en su remota cabaña. No les queda más remedio que convivir y por fin descubrirse como padre e hijo. Billy gana un padre afectuoso, mientras que Milne por fin encuentra en su hijo la inspiración que llevaba años buscando. Comienza a escribir sobre su pequeño divirtiéndose en el bosque, viviendo la ilusión e inocencia de la niñez. Los peluches de Billy Moon –un oso de felpa, un tigre, un cerdito…– tapizan las historias que rápidamente se vuelven un éxito.

Goodbye Christopher Robin

Goodbye Christopher Robin gira en torno a la identidad. Milne no es Milne, es Blue. La nana es solo Nou para su niño, para todos los demás es Olive. El pobre Billy Moon no entiende por qué tantos desconocidos se le acercan en público, emocionados por conocerlo, llamándole Christopher Robin. Tampoco entienden por qué todos le dicen Winnie Pooh a su querido oso Edward.

Billy Moon es arrancado de su mundo y puesto en uno lleno de cartas de fanáticos, de entrevistas de prensa y de fotografías patrocinadas. Ya no puede explorar el bosque que tanta felicidad le trajo: al salir de su hogar no encuentra imaginarias bestias silvestres, sino reporteros más despiadados y hambrientos que cualquier oso. Mientras tanto, su recién recuperado padre se distancia de nuevo, de gira promocionando sus libros. Las historias de Milne le regresaron la felicidad a una Inglaterra desilusionada por la guerra, pero le costaron la infancia a su hijo.

Goodbye Christopher Robin es auténtica y cautivadora, pero el prometedor concepto tiende a desbordar en lo melodramático. Unos cuantos momentos de drama forzado y unas cuantas oportunidades desperdiciadas evidencian un guion subdesarrollado.

Destellos de genio encuentran su lugar  en pantalla, particularmente a través de las actuaciones de Gleeson y Macdonald. Pero es imposible no distraerse por Billy Moon, un rol que le queda muy grande al primerizo actor que lo interpreta. Emplear actores infantiles es siempre es una apuesta difícil: los cineastas deben decidir entre moldear su historia para ajustarse al limitado rango del niño, o apostar por el talento oculto de un desconocido. Esta película tomó la decisión incorrecta.

Goodbye Christopher Robin

Visualmente, la película es hermosa: la fotografía es vibrante y el diseño de arte magnánimo. Lástima que de vez en cuando se ve opacado por toscos efectos generados por computadora que, francamente, no hacen falta.

Estorban también unas cuantas escenas que sobran, mientras que otras hacen falta. Hacia los últimos minutos de la película vemos a un Billy Moon adulto joven, pero apenas y se asoma para que le digan ese profético “hasta luego”. Su corta presencia en pantalla le sofoca y limita el potencial de atar cabos narrativos.

Para su tercer acto, la película cambia de velocidades y finaliza abruptamente. Christopher Robin, tanto película como personaje, tiene un conclusión insatisfactoria; en algunos sentidos, hasta imperdonable. Plantea interesantes reflexiones sobre la naturaleza del arte en materia y artista, sobre las relaciones interpersonales y la identidad a través de la identificación, pero descuida a su personaje titular con un flojo cierre.

Aunque el filme navega por lo convencional y cae a veces a lo mediocre, se escapan, de momento, pizcas de brillantez. Goodbye Christopher Robin es una película decente, poseedora de preciosas visuales, actuaciones sólidas y una propuesta cautivadora que, francamente, daba para más. El potencial del concepto, pues, sale desaprovechado. Lo que sí logra es ponerle palomita a todas esas cualidades alabadas por festivales y ceremonias de premiación. Quién sabe, tal vez se lleve una estatuilla o dos.

Acerca del autor

Gerardo Novelo

Pasa más tiempo del que debería pensando en cocos y golondrinas. De vez en cuando le da por ver una película.